Silencio que enmudece

Esta entrada debería haberse titulado Santander-Llanes-Madrid, aludiendo a mis visitas a principios de julio que tanto me gustaron y de las que tanto he aprendido, hasta el punto de dejarme callada a la espera de reencontrar el propósito de contar algo.

En los tiempos de la inteligencia emocional, que por mucho que insistan algunos lleva tiempo inventada, en mi barrio le llaman tener sentido común, raro es el día en el que un ciudadano medio no tiene que sortear decenas de mensajes, especialmente en las redes sociales, pero también en cualquier rincón del planeta, recomendándole, cuando no aconsejándole o incluso conminándole a ser positivo, asertivo, feliz.

A mí me parece todo muy bien. De verdad, en general. Quién soy yo para negarle a alguien la posibilidad de generar su propia narrativa vital a golpe de quotes. Bastante duro es levantarse cada día pensando en lo que a cada uno le espera cuando no se siente para hacer más que respirar y poco más. Por favor, qué deprimente. Qué real.

No he entendido nunca, y quizás debería plantearme si ya en la mediana edad como me encuentro he aprendido algo, que insistamos ad infinitum ( ad nauseam ) en responder rápidamente que “no pasa nada”, cuando resulta que por dentro estamos al borde de la rotura. Como ya comenté en un extinto blog de mi autoría, “Elogio de tu tristeza”, a veces quién más sonríe es el que está más triste. Y es el más valiente. Por no preocupar a los que le quieren, por no dar problemas, por no admitir que puede estar jodido como todo el mundo. Cómo explicar que me vuelvo normal al bajarme de cada escenario.

Como un cristo con dos pistolas. Eso pensaba al recordar a alguien a quién admiro tan discretamente como me permite mi inalterable entusiasmo a pesar de todo. Cómo harás para manejarte entre tanta gente que no te interesa, qué esfuerzo monumental fuera del entendimiento no invertirás cada día en, mientras piensas que eres de otro planeta, sonreir inefable a todo aquel que te mire. Cuánto dolor, estimado personaje que habitas un sueño de gloria y bendiciones.

Y me alejo montada en mí coche utilitario a punto de cumplir 11 años de rodaje, cómo me gusta conducir, habrá algo mejor para las almas inquietas que rodar por caminos en busca de contemplar el viaje como aprendizaje, sin objetivos definidos.

Te veo contemplando el horizonte allí dónde se junta lo humano y lo divino, que en tu caso es lo mismo, porqué la gracia aparece en las criaturas salvajes que escuchan al mar, que miran con ojos tiernos la vulnerabilidad ajena, y la arropan.

Debo contener el llanto cuando imagino la vida de algunas personas encomiables, luchando por que nadie les pregunte realmente cómo están, porqué temen defraudar a los suyos, porqué no está el horno para bollos, porqué si sueltan lastre no se levantarían de la cama, y no tienen depresión, lo suyo es soportar.

A veces a uno le cae encima la miseria de ser el faro de muchas vidas, cuando sólo quiere darse la vuelta y suspirar.

No puedo escribir una crónica de un viaje como hubiera querido, porqué algunas personas que me he encontrado no me dejan elucubrar. No tengo palabras para abrazar vuestro descontento, no quiero encontrarlas. Sólo os recuerdo tan lejos-tan cerca.

Nadie vive de frases, ni de momentos.

Compañeros de viaje, aquí podéis claudicar, no pasa nada, mañana seguiréis en la carretera con más gasolina, pero parad un ratito, escuchad lo qué os tenéis que contar.

No necesitamos gurús, ni buenas palabras. No somos dioses, no somos desastrosos que tengan que demostrar permanentemente. Tu, yo, todos, personas sin más.

 

 

2 comentarios en “Silencio que enmudece”

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