La ciudad y los días

Algo debo tener con Madrid que no me explico, porqué cada vez que llego a Atocha parece la primera. Me taquicardizo deslizándome por las cintas transportadoras. La mayor parte de las ocasiones me viene la imagen del gran Martínez Soria con las maleticas diciendo “la ciudad no es para mí”. Teniendo en cuenta que soy de Barcelona y que es una ciudad que “me pone”, podría pensar lo mismo de Madrid, que siento ese deseo, pero me parece que es otra cosa. Igual me impone.

Hace unos días volví a sentir los mismos nervios al llegar a Atocha, en un tren nocturno con bastante pasaje, por cierto. Por un descuido bastante habitual en mi caso me dirigí a “llegadas” cuando me esperaban unos estimables colegas en “salidas”. Ahí estaba en el lío de avenidas amplias habiendo dejado atrás a cuatro agentes de la nacional. Portando la maletica y con cara de “Paca”, discurriendo cómo llegar al otro extremo de la concurrida estación. De pronto un ruido proveniente de la calzada nos hizo mirar a todos los que por allí andábamos. Una moto permanecía en el suelo con su conductora tendida a su lado.

La primera intención fue cruzar por allí en medio, impresionada por aquel choque con no sé muy con qué, puesto que había pasado sola sin obstáculos a la vista. Los cuatro policías pasaron corriendo sacándome del enfrascamiento. Aquella persona yacía sin moverse sobre el asfalto frente a Atocha, atendida por los agentes y otras personas. Me encontré inmóvil frente a la escena a unos cuantos metros de esta, absurdamente paralizada, pensando como una enfermera de urgencias no estaba allí colaborando en lo que hiciera falta. Me sentía mal. Aquella persona que hacía un momento transitaba por la calle a lomos de su moto no se movía en absoluto y mientras yo hubiera tenido que contactar con mis colegas sólo podía esperar a que apareciera la ambulancia. En realidad sólo habían pasado unos minutos, y la sonrisa amable del conductor que venía a buscarme me hizo regresar al mundo real.

Aquella noche, ya en el hotel del norte-norte de Madrid, me dieron las tantas. No había juerga de por medio, al día siguiente se celebraban unas jornadas y la gente descansaba para estar fresca. Seguía en aquella escena presenciada un par de horas antes, con una extraña sensación, molesta, afligida. Definitivamente me quedé dormida considerando que aquel compendio de emociones era una memez por mí parte. Soy algo taxativa.

A la mañana siguiente amanecí temprano, antes que el sol. Tras desayunar y saludar a algunos de los asistentes a la jornada salí a la calle, algo contrariada. Lo cierto es que a la derecha tenía lo que parecía un polígono y sin mucho afán anduve por la acera para distraerme y otear el terreno. No saqué demasiada información y volví sobre mis pasos frente a la entrada del hotel, con la única compañía de una grulla graznando encaramada a una valla con un gato callejero a sus pies, interesado en algún olor. De fondo las cuatro torres. Aquello bien merecía una foto, pensé, como estímulo matutino. Sabía bien que en cuanto tuviera el smart a punto aquella grulla se habría esfumado, cosa que por supuesto sucedió así.

Finalmente me decidí a entrar en la sala donde se iba a celebrar la jornada, reconociendo inmediatamente a algunos compañeros de los que sigo por Twitter, saludando a los que ya conocía en persona. Sin acabar de librarme de aquella sensación que venía marcando mi agenda interna desde que había puesto los pies en la capital, convencí a una conocida para tomar un cortadito rápido, poniéndola en un apuro por la inminencia del arranque del evento.

La jornada fue soberbia. De no ser por mí mala costumbre de estar pendiente de los asuntos más surrealistas podría hacer una crónica en condiciones del asunto. Pero a estas alturas si alguien se molesta en leer lo que cuelgo aquí huelga decir que no va a ser el caso. Aun así, reconocer y agradecer la organización, asistencia, participación y difusión del evento. Hay enfermeras que se dejan los cuernos en tratar de romper con la hegemonía que satura la zona de confort. Son muy grandes estos de Acción Enfermera.

Sin embargo puedo afirmar con tranquilidad que dicho evento generó tanto intercambio de palabra como de emociones. Fue humanizador en el sentido más apreciado por esta particular.

El calor en enero. Que sea domingo, que estés en el norte-norte de Madrid a pleno sol oyendo pajarillos en vez de coches, invitaba a este ser a elucubrar sin atisbo de cese. Como había ocasión de compartir las peroratas me temo que eso hice.

Ya de vuelta al páramo me dispongo a celebrar mí día con muchas tareas a desarrollar en este año, pero hoy sólo celebro tener la oportunidad de estar en er mundo a mí manera. Gracias

 

 

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