Fogonazos

 

He vuelto. Por si definitivamente tenía algo que contar, que compartir, tras meses de silencio no buscado, e inactividad en esta url. Admito que he esperado lo suficiente como para poder elegir la prolongación de la nada, aunque preferiría decir del no hacer, antes de regresar a la blancura mate de la pantalla en el blog y teclear para publicar.

Durante estos meses lejos del editor me he planteado si esta aventura tenía sentido, como si alguien o algo me obligara no ya tan siquiera a redactar algo aquí o en redes, sino a abrir la boca para opinar en la cola del súper, en el box de triaje, en la reunión de vecinas.

Suelo andar o ir en bici de casa al trabajo y viceversa. O eso, o ver incrementar mi riesgo individual de eventos cardio-vasculares. Cuando me dirijo al hospital hay una mayor probabilidad de que se me ocurran cosas, lo cual no significa absolutamente nada, o puede que sí. Un día por ejemplo, apareció una pregunta en mí ir y venir: “¿Con qué parte del cerebro escribo?”, leída con un tono entre exclamativo, cabreado y de profunda sorpresa. Sigo sin saber qué responderme.

Llegó mayo, volví de nuevo a Barcelona, para asistir a una representación teatral en el Mercat de les flors. El camino hacia Montjuïch fue absolutamente delicioso, repasando la cuadrícula de calles de mi antiguo barrio, el primigenio. Al llegar a las inmediaciones del Teatre Lliure, rodeado de los parques y jardines frescos, cuidados, sin perder su esencia natural, que tanta falta hace al ciudadano, rememoré cómo tantos años atrás fueron mi zona de juegos.

El Lliure. La sala Fabià Puigserver. El público que ya llenaba el hall, la espectadora vestida casi de época, con un conjunto largo y pamela, altísima, que sonrió al ver imagino mi cara de curiosidad al no poder distinguir si formaba parte del elenco. Pero aquello era Medea, era Emma Vilarasau llenando el inmenso escenario. “Las Medeas”, no interpretaba a una sola mujer, sino a muchas. Lluís Pascual creo que le dio otra dimensión más global, mostrando sin embargo su crimen con tanta crudeza como delirio. Aterrizar en segunda fila con una pantalla al fondo del escenario tan grande como éste, con Freddie Mercury cantando Love of my life, bajo la lluvia “artificial” que nos salpicó durante una buena parte de la representación y empapó profusamente a la protagonista. Gran actriz, impresionante contemplar su entrega.

Al día siguiente aterricé en Viena. A mí, que soy rarita probablemente, me costó entrar, me resultó impenetrable en apariencia, porqué para cuando me dí cuenta ya formaba parte de mi callejero mental. Cuánto había tardado en ir a conocerla, reconocerla. Parece que todo haya pasado allí o haya dejado huella. Creo que influyó en mí percepción el calor sofocante a principios de mayo, que ni esperaba ni debió de gustarme.

Creo que hasta que no llegué al Leopold Museum y vi algunos cuadros de Schiele y de Klimt, también de otros, no fui capaz de entender mi visita a aquella capital tan real como mítica. La franqueza salvaje de Schiele, el detallismo preciosista de su mentor, Klimt, en lo bello y en lo oscuro. La belleza. Expresada por los dos grandes artistas vieneses para permitirme disfrutar por completo de su ciudad. Perseguir la belleza, buscarla, querer conocerla, admirarla, sentir la fuerza de su naturaleza exclusiva, esquiva, presente en cualquier rincón. Jugar a poder retenerla, sabiendo que es imposible, la atrapas, la matas. Ante la belleza, descubrirse. No me interesa la visión tradicional del imperio, no me entra. Prefiero observar la vida sin filtros, si se entiende la paradoja de tener que ver cuadros para hacerlo. Es un poco ver a través de, ya sabes.

Me crucé el país, ordenado y limpio, hasta Salzburgo, tratando de apreciar desde el tren la visión del lago del cuadro de Klimt. El agua rosa.

Mientras, en el páramo, la crecida ordinaria del Ebro y la extraordinaria, coincidieron con una temporada de lluvias absolutamente fuera de lo habitual. La humedad constante en el entorno me ha resultado difícil de asimilar, además de obligarme a pensar a dónde iba a parar el exceso de ésta, en una zona conocida por su aridez. Tras varios episodios de vientos y lluvias torrenciales cayeron árboles por toda la ciudad. Incluso vi blandirse literalmente un mástil de varias decenas de metros con la bandera autonómica, con la lógica expectación, recordándome a la numerosa población de banderas, para vestir el descontento me parece, que he visto tanto en la ciudad inmortal como en la urbe de las calles largas. Y no se las lleva el viento, no.

Lynch, vía Twin Peaks 3. No debo de haber entendido nada porqué me he reído bastante con la última temporada. Cooper y su doppelganger, así rollo némesis, o también cómo uno debe enfrentarse a veces a sí mismo y dejar asuntos atrás, tan lejos, que se hundan sin pretensiones. Sólo puede quedar uno. El ya célebre capítulo 8 me dejó boquiabierta, aullando, conmocionada. Desde Hiroshima, el mundo se ha trastocado.

Nunca sabe una si va a volver al blog a contar sus historias. Mientras, sucumbo a los fogonazos que cruzan mis días. Por eso me gusta.

 

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2 comentarios en “Fogonazos”

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