Cara B

Una guarda sus discos de vinilo como lo que son, círculos concéntricos de recuerdos. Los de mi generación somos unos raros porque, entre otras cosas, hemos escuchado música, que es algo consustancial a cualquier vida humana que se precie, en tantos formatos y en otros cuantos dispositivos ad hoc respectivos, que cualquiera podría montar un museo con cada fondo de altillo. A saber, vinilos, cassettes, cd, etc.

Pero vuelvo a los vinilos. A pesar de la peculiaridad de sus cuidados, o quizás a consecuencia de ellos, poner un disco era todo un ritual. A ojos de una nena, elegir el momento, el acompañamiento musical, era un acto de autonomía interesante. De elección personal, buscando la intimidad en ciernes que entonces se intuía pero que no podía calibrar todavía; quedaba darle sentido a lo que oía.

Lo mejor de los discos de vinilo era que tenían, tienen, dos caras. Como tantas cosas en la vida. Era curioso como durante muchos años las canciones más potentes comercialmente se ponían en la cara A, pero en la cara B siempre había material del bueno, más complicado de sacar, quizás, las “rarezas”. La cuestión era que como nos enterábamos del lanzamiento de un nuevo trabajo discográfico vía emisora de radio en bastantes ocasiones, primero “pinchaban” los números 1 o con más posibilidades, a efectos prácticos, los que estaban en la cara A; pero para escuchar la cara B había que hacer un ejercicio de voluntad, una vez lo tenías en casa. Ibas de por libre.

Esa es la historia, a donde quería llegar. La cara B puede que fuera relleno en algunos casos, pero en general era repertorio especial. Seguía siendo el grupo o solista aunque no lo relacionaras de entrada porque no había sonado. Cuando uno es capaz de asimilar que “las cosas” son tanto lo que se ve o acepta como lo que no está a mano pero existe, pongamos que el panorama se amplía. Y eso a algunos, nos gusta.


 

El bajo callejero que toca al lado de la tiendecita francesa, con una sonrisa permanente en la boca, enchufado a su amplificador, hoy toca a Led Zeppelin, cuando me acerco protegiéndome del Cierzo. Toca bien. La música que reconozco, que forma parte de mi educación personal, ejerce en ese instante un efecto de sincronía entre sus acordes y mis pasos, también mi ritmo interno. A mí la buena música, bien interpretada, me traspasa. Me acompasa y no me importa reconocerlo. Le echo unas monedas, siempre con vergüenza, siempre con convencimiento. Tiene que seguir sonando la música en la calle.

Ese músico me hace pensar en lo breve que es todo, en la memoria presente a veces a cada paso, que indica que ya vas peinando canas. Y también me sugiere que tanto él como otras cosas que he conocido les queda poco recorrido, porqué los tiempos han cambiado mucho. Lo curioso de todo esto es que una va caminando por la vida y sigue reconociendo a veces ciertos sonidos, que van clavados a recuerdos que quizás también estén en riesgo de desaparecer.

Me ha salido una cara B un poco melancólica, puede que sea fruto de haber superado un año más la fiestas navideñas, que tan poco celebramos algunos aunque nos influyan paradójicamente. O a lo mejor es la propia cara B, que contempla los “fogonazos” y les da la réplica. Buen año.

 

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2 comentarios en “Cara B”

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