Una de las nuestras. El abogado defensor

 

“Pleitos tengas…”, bien pensado quizá no fue la mejor forma de responder a un abogado litigante de primera. En realidad fue una torpeza propia de su juventud, que reconoció desde el momento siguiente. El abogado, que entonces contaba cuarenta años, lucía imponente tras la mesa en su despacho del centro. En las dos ocasiones que lo visitó, la primera vez acompañada, la segunda sola, fue consciente de que aquel lugar no era un buffette cualquiera, y eso que había conocido a algunos de los mejores defensores del este a lo largo de su vida, sin entrar en mayores detalles.

Recordaba perfectamente aquella tarde de primavera, cuando entraron en una sala de espera minúscula llena hasta la bandera de, probablemente, la clientela más variopinta y claramente vivida a la espera de consejo legal. Ella, joven como ya se ha mencionado, aunque con cierta experiencia en tratar a gentes diversas por razones que no vienen al caso, no podía evitar sin embargo observar con aunténtico deleite a los que esperaban con ella. Como todavía no había tenido que tragarse sus palabras las suficientes veces, y por tanto disfrutaba de una mayor libertad de juicio, estimó mientras aguardaba que aquella estancia olía a encausados, con mínimo alguna sentencia condenatoria por recurrir o ya acatada. No pudo seguir con sus especulaciones porque les llamaron para pasar a ver al gran hombre.

Su nombre era legendario en los juzgados de la capital. Todos lo conocían y temían en un estrado, era muy hábil en la argumentación y de actitud robusta, algo agresivo, aunque con un as en la manga siempre preparado para seguir apoyando su tesis. Al entrar en la estancia amplia y verlo sentado de espaldas a las ventanas frente a una mesa bastante impresionante, le llamó la atención la sonrisa con la que las recibió. No era protocolaria estrictamente aunque fuera una forma de saludar, más bien transmitía una simpatía por el interlocutor, o amabilidad, en un rostro bien parecido, con cabello corto peinado hacia atrás y facciones algo endurecidas, que no pasaban inadvertidas pero tampoco se imponían de entrada.

Desde luego era bastante expeditivo, aunque sabía escuchar, de hecho lo hacía muy bien. Era además comprensivo con los interlocutores y sus explicaciones, se diría que muy humano en el trato y contundente en sus planteamientos como penalista. Cuando regresó con un tema bastante complicado, que de haber seguido adelante hubiera implicado a la administración, le aconsejó no emprender medidas legales en sus circunstancias, puesto que eran pocos los dispuestos a denunciar y tenían mucho que perder. Aquello supuso para ella dejar pasar la única oportunidad que tenían para poder resarcirse de alguna forma de un asunto turbio que les afectaría el resto de sus vidas. Y como creyó percibir cierto desinterés en la explicación definitiva, aunque jocosa – le dijo que al ser tan pocos los querellantes era como cuando la más fea denuncia a una clínica estética -, se decepcionó un poco y pasó a otro tema, olvidando al letrado.

Cuando una tarde de verano muchos años después, leyó su obituario en el periódico digital, impactada y emocionada de una forma que no esperaba, sólo pudo pensar, una vez más, en la brevedad absurda de nuestros días y en el consiguiente único imperativo existencial, el de vivir la vida, cada cual a su manera. Después de todo, él había ganado muchos pleitos.

 

 

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