Impronta

Te esperaba entre la gente, con un café en la mano, sin saberlo, tan lejos de conocerte, y con tantas ganas de hacerlo.

Apareciste casi brincando, repartiendo sonrisas, con una mezcla de timidez y energía, con ese encanto, casi explicable, por tus características, pero magnético a fin de cuentas.

Verte llegar así, pasando entre seres que quizás te conocían, incluso reconocían, y oírme a mí misma

decir tu nombre en alto, como el de una estrella del rock, exclamativa, admirativa, sonriendo también yo:

Cuántas veces después me he visto en las bocas de otras personas diciendo tú nombre sin que pudieras oírlas, como se nombra lo que una desea pronunciar.

Si algo hice bien fue dejar que tu encanto casi explicable, por tus características, pero magnético a fin de cuentas, hablara sin apenas dirigirme la palabra, te vi.

Pasará el tiempo, no recordaré la letra, y te seguiré viendo, en mis recuerdos, como aquel primer y último día.

 

Fogonazos

 

He vuelto. Por si definitivamente tenía algo que contar, que compartir, tras meses de silencio no buscado, e inactividad en esta url. Admito que he esperado lo suficiente como para poder elegir la prolongación de la nada, aunque preferiría decir del no hacer, antes de regresar a la blancura mate de la pantalla en el blog y teclear para publicar.

Durante estos meses lejos del editor me he planteado si esta aventura tenía sentido, como si alguien o algo me obligara no ya tan siquiera a redactar algo aquí o en redes, sino a abrir la boca para opinar en la cola del súper, en el box de triaje, en la reunión de vecinas.

Suelo andar o ir en bici de casa al trabajo y viceversa. O eso, o ver incrementar mi riesgo individual de eventos cardio-vasculares. Cuando me dirijo al hospital hay una mayor probabilidad de que se me ocurran cosas, lo cual no significa absolutamente nada, o puede que sí. Un día por ejemplo, apareció una pregunta en mí ir y venir: “¿Con qué parte del cerebro escribo?”, leída con un tono entre exclamativo, cabreado y de profunda sorpresa. Sigo sin saber qué responderme.

Llegó mayo, volví de nuevo a Barcelona, para asistir a una representación teatral en el Mercat de les flors. El camino hacia Montjuïch fue absolutamente delicioso, repasando la cuadrícula de calles de mi antiguo barrio, el primigenio. Al llegar a las inmediaciones del Teatre Lliure, rodeado de los parques y jardines frescos, cuidados, sin perder su esencia natural, que tanta falta hace al ciudadano, rememoré cómo tantos años atrás fueron mi zona de juegos.

El Lliure. La sala Fabià Puigserver. El público que ya llenaba el hall, la espectadora vestida casi de época, con un conjunto largo y pamela, altísima, que sonrió al ver imagino mi cara de curiosidad al no poder distinguir si formaba parte del elenco. Pero aquello era Medea, era Emma Vilarasau llenando el inmenso escenario. “Las Medeas”, no interpretaba a una sola mujer, sino a muchas. Lluís Pascual creo que le dio otra dimensión más global, mostrando sin embargo su crimen con tanta crudeza como delirio. Aterrizar en segunda fila con una pantalla al fondo del escenario tan grande como éste, con Freddie Mercury cantando Love of my life, bajo la lluvia “artificial” que nos salpicó durante una buena parte de la representación y empapó profusamente a la protagonista. Gran actriz, impresionante contemplar su entrega.

Al día siguiente aterricé en Viena. A mí, que soy rarita probablemente, me costó entrar, me resultó impenetrable en apariencia, porqué para cuando me dí cuenta ya formaba parte de mi callejero mental. Cuánto había tardado en ir a conocerla, reconocerla. Parece que todo haya pasado allí o haya dejado huella. Creo que influyó en mí percepción el calor sofocante a principios de mayo, que ni esperaba ni debió de gustarme.

Creo que hasta que no llegué al Leopold Museum y vi algunos cuadros de Schiele y de Klimt, también de otros, no fui capaz de entender mi visita a aquella capital tan real como mítica. La franqueza salvaje de Schiele, el detallismo preciosista de su mentor, Klimt, en lo bello y en lo oscuro. La belleza. Expresada por los dos grandes artistas vieneses para permitirme disfrutar por completo de su ciudad. Perseguir la belleza, buscarla, querer conocerla, admirarla, sentir la fuerza de su naturaleza exclusiva, esquiva, presente en cualquier rincón. Jugar a poder retenerla, sabiendo que es imposible, la atrapas, la matas. Ante la belleza, descubrirse. No me interesa la visión tradicional del imperio, no me entra. Prefiero observar la vida sin filtros, si se entiende la paradoja de tener que ver cuadros para hacerlo. Es un poco ver a través de, ya sabes.

Me crucé el país, ordenado y limpio, hasta Salzburgo, tratando de apreciar desde el tren la visión del lago del cuadro de Klimt. El agua rosa.

Mientras, en el páramo, la crecida ordinaria del Ebro y la extraordinaria, coincidieron con una temporada de lluvias absolutamente fuera de lo habitual. La humedad constante en el entorno me ha resultado difícil de asimilar, además de obligarme a pensar a dónde iba a parar el exceso de ésta, en una zona conocida por su aridez. Tras varios episodios de vientos y lluvias torrenciales cayeron árboles por toda la ciudad. Incluso vi blandirse literalmente un mástil de varias decenas de metros con la bandera autonómica, con la lógica expectación, recordándome a la numerosa población de banderas, para vestir el descontento me parece, que he visto tanto en la ciudad inmortal como en la urbe de las calles largas. Y no se las lleva el viento, no.

Lynch, vía Twin Peaks 3. No debo de haber entendido nada porqué me he reído bastante con la última temporada. Cooper y su doppelganger, así rollo némesis, o también cómo uno debe enfrentarse a veces a sí mismo y dejar asuntos atrás, tan lejos, que se hundan sin pretensiones. Sólo puede quedar uno. El ya célebre capítulo 8 me dejó boquiabierta, aullando, conmocionada. Desde Hiroshima, el mundo se ha trastocado.

Nunca sabe una si va a volver al blog a contar sus historias. Mientras, sucumbo a los fogonazos que cruzan mis días. Por eso me gusta.

 

Cuando menos es más

 

Con esta entrada, Híbridos se abre a las colaboraciones, “nómadas”. El único requisito es tener algo que contar, como en el caso de la firma que estrena la etiqueta que no es otra que Ana M. Suárez Guerra, enfermera, directora de enfermería en un Área integrada, firme defensora de la educación para la salud, musiquera y tuitera. Pero dejemos que ella sea quien nos cuente.

Curioso Twitter que te posibilita adentrarte en los pensamientos de las personas más allá de lo que haríamos en el face to face…

La cosa es que lancé un tweet de esos que te hacen incorporarte cuando te motivan, que te dilatan las pupilas, que te aumentan los ritmos y que, a pesar de todo, como otras tantas veces, crees que van a pasar sin pena ni gloria.

Pero no.

Cuestión de etiquetar, supongo.  

Estos días había leído un post de “No Gracias”, que a pesar de ser del 2016 seguía de plena actualidad: Cuando la hospitalización es peor que la muerte. Y que me hizo seguir pensando que hay que tomar conciencia de la sociedad que tenemos, de sus necesidades y sobre todo de sus prioridades, para continuar teniendo esa vida elegida a pesar de las inclemencias en salud.

Y con la música de Marlango de fondo (–> es importante escuchar mientras lees), empezó un devenir de opiniones que no sólo complementaron, sino que aseveraron lo que ya sabíamos.

Abrimos la puerta a un tema tan delicado como complicado: dónde nos gustaría morir y cómo. Y si en realidad podemos decidirlo nosotros.

¿Son los hospitales lugares de #BienMorir? ¿O sería adecuado posibilitar cada final en el entorno más amable y conocido como es nuestra propia casa?

Hay ocasiones en las que la atención clínica prestada en el entorno domiciliario, la claudicación de las cuidadoras o de la familia, y la falta de posibilidades y planes en las residencias hace más complicado el desenlace fuera del hospital.

¿Pero dónde quedan ahí los deseos de la persona? Los que ha tenido a lo largo de su vida o los que tiene en ese trance. Si desde nuestro principio de libertad de elección y del libre albedrío (para lo bueno y para lo malo), elegimos nuestro camino, lo debemos hacer también al final del trayecto.

Yo quiero que me pregunten. Seguro que tú también.

Y es que los deseos de las personas en términos del manejo de su propia (no) salud no sólo dependen de la edad y de la fragilidad, del entorno familiar y social o de la madurez del conjunto, también hay una responsabilidad de la Organización en la Alfabetización en Salud, el refuerzo de la Atención Primaria en el trabajo con determinantes sociales, con equipos multidisciplinares y con políticas potentes.

De todos modos, no sería justo señalar determinadas situaciones en las que la familia se ve obligada a acudir a un centro hospitalario para encontrar alivio como último recurso, o sabiendo que para algunas personas es su primera opción. Y teniendo claro siempre que la obstinación terapéutica no debe estar incluida en este kit de supervivencia hospitalario.

Y hablando de la necesidad de comunicarse, llegaron los ratios y la sobrecarga de los profesionales . Una cuestión imprescindible de abordar a la hora de mejorar los cuidados. Pero también llega el debate sobre la autonomía de las enfermeras en las decisiones a la hora de aplicarlos y de cómo la valoración inicial en los pacientes con un perfil frágil pueden ayudarnos a dejar de lado el cuidado más técnico, aplicar el sentido común y la ciencia y abordar otras cuestiones más humanas.

Y de la autonomía profesional a los vasos comunicantes a la hora de buscar soluciones. Y ahí llegamos a la necesidad de una intervención plural para cambiar las cosas y evitar que profesionales sanitarios y pacientes, vayamos en direcciones opuestas. Esta interesante entrada que habla sólo de las superespecialidades médicas, nos sirve de apoyo al discurso sobre la necesidad de tener una visión integral en el cuidado de las personas, y de conocer su contexto general a la hora de tomar decisiones. Un conocimiento muy, muy concreto lo puede tener cualquier buen programa, una decisión muy específica, la puede realizar un algoritmo preciso. Pero valorar cualquier factor relacionado con la integralidad y lo humano, es una virtud y una ciencia que quizás nos saque de la zona de confort. Habrá que esforzarse.

Pero es lo que nos aporta valor y lo que nos hace tomar las mejores decisiones.

El atlas de Variaciones en la Práctica  Médica del SNS, nos habla de las hospitalizaciones potencialmente evitables por condiciones que afectan a pacientes crónicos o frágiles.

Lee. Mucho que mejorar.

Cuando un paciente anciano llega a Urgencias con agudización de uno de los varios problemas de salud que puede tener, debe ser valorado de manera integral, pero además las decisiones que se tomen para decidir ingreso o no, deben ser ajustadas a esa integralidad.

¿Y cómo podríamos conseguir que se haga de manera adecuada? Al igual que en los Servicios de Urgencias se hacen valoraciones pediátricas, ¿Habría que hacer valoraciones geriátricas de manera focal? Podría ser una posibilidad…Porqué la orientación adecuada en urgencias puede ahorrarnos complicaciones de una situación que a priori puede resultar sencilla de solucionar. A propósito de una fractura de cadera (la cascada maligna).

“Sólo” hay que tomar buenas decisiones y saber que muchas veces las necesidades básicas son una prioridad .

Todos los profesionales y el conjunto de la Organización en todas sus eMes, debe asegurar respeto a lo que cada uno considera vida o salud, minimizando el daño, olvidando el paternalismo y mejorando la alteridad.

Queda camino. Pero ganas también.

Gracias, amiga, por invitarme a este café virtual. He intentado respetar la pluralidad y las opiniones. La diversidad no tiene fronteras y las ganas de cambiar las cosas aprendiendo de su riqueza, tampoco.

Es un placer estar en tu casa.

P.P.: Un placer recibir visitas en Híbridos de personas tan inquietas. Gracias, Ana.

Holmes

 

Contar es aprender a amar las preguntas, en palabras de Martín Garzo. Y si alguien ama las preguntas, ese es Sherlock Holmes. El detective hecho a sí mismo es una constante. Un personaje literario que conocimos gracias a Conan Doyle, que algo debió de poner de sí mismo, especulo.

Sherlock Holmes emplea su método, potente, casi infalible, para esclarecer los casos que se le presentan. Algunos dirían que es el método deductivo, otros consideran que es más bien inductivo-deductivo. Lo que sí es seguro es su capacidad para ver más allá de lo evidente, de lo establecido. Holmes es un privilegiado por su mente brillante, cultivada, puesta a prueba por sí mismo. Cualquiera que lea a Conan Doyle, o vea algunas de las adaptaciones a la pequeña y gran pantalla, percibe ese inquebrantable compromiso con la realidad de los hechos que analiza. Por eso nos gusta Holmes todavía, emplea el método científico arrinconando a los sesgos cognitivos, especialmente a los suyos.

Sherlock Holmes es además un tipo controvertido, contradictorio. Su falta de modestia con sus propias habilidades supone un motivo de irritación entre sus conocidos. Pocos toleran la voz auto-suficiente y descarnada del personalísimo detective. Su mejor amigo, quizás el único, el Dr. Watson, es su socio, soportando la mayor parte de los comentarios mordaces, a veces cortantes como un estilete, acerca de su falta de ingenio. Pero el médico, lejos de atormentarse por los ataques dialécticos, consigue admirar y a la vez frenar la impetuosidad de Holmes mediante una “sencilla” técnica, ver al hombre, a la persona, más allá de todo su arsenal intelectual. Un tipo listo. Con inteligencia emocional.

Una cree que algunas personas tienen muy diferenciadas sus funciones superiores, de tal modo que por una parte son brillantes, talentosas, que emplean la lógica como lenguaje interno y ven el mundo forzosamente de otra forma. Por otra parte poseen una sensibilidad extrema en cuanto a la percepción de todo lo qué les rodea, que si bien les provee de datos de todo tipo en un flujo imparable, los aísla en cierta forma al ordenarlos. El resto parece que no les interesa.

Porqué ser observador, al estilo de Holmes, es tarea inmensa. Su ventaja frente a otros es que difícilmente se involucra emocionalmente. Poder aprehender la información libremente es una vía bastante efectiva. La necesaria perspectiva para contemplar un escenario a analizar, aunque siempre cuente con intervención humana, o precisamente por ello, supone en manos del talento trabajado de Holmes crear una historia con vida propia, a partir de indicios, huellas, restos, y creo que algo de intuición.

La humanidad para el detective es algo a lo que no acaba de acostumbrarse, una imposición que debe aceptar para resolver sus misterios. Le molesta casi todo lo que hacen o dicen los demás en el sentido de verlo en general innecesario. Y previsible.

Una parte que me fascina de su intrincada personalidad es su querencia por la música, que creo que funciona como camino para liberar tanto dolor por ser único.

Las historias del detective de Baker Street 221b son un ejercicio de lógica en 3D, un recordatorio de la capacidad que poseemos para ver las cosas de otra forma, sin juzgar de ante mano, de analizar los hechos por lo qué son. De embarcarse en la exploración del mundo y de sus gentes a través del amor a las preguntas, a la curiosidad.

 

La ciudad y los días

Algo debo tener con Madrid que no me explico, porqué cada vez que llego a Atocha parece la primera. Me taquicardizo deslizándome por las cintas transportadoras. La mayor parte de las ocasiones me viene la imagen del gran Martínez Soria con las maleticas diciendo “la ciudad no es para mí”. Teniendo en cuenta que soy de Barcelona y que es una ciudad que “me pone”, podría pensar lo mismo de Madrid, que siento ese deseo, pero me parece que es otra cosa. Igual me impone.

Hace unos días volví a sentir los mismos nervios al llegar a Atocha, en un tren nocturno con bastante pasaje, por cierto. Por un descuido bastante habitual en mi caso me dirigí a “llegadas” cuando me esperaban unos estimables colegas en “salidas”. Ahí estaba en el lío de avenidas amplias habiendo dejado atrás a cuatro agentes de la nacional. Portando la maletica y con cara de “Paca”, discurriendo cómo llegar al otro extremo de la concurrida estación. De pronto un ruido proveniente de la calzada nos hizo mirar a todos los que por allí andábamos. Una moto permanecía en el suelo con su conductora tendida a su lado.

La primera intención fue cruzar por allí en medio, impresionada por aquel choque con no sé muy con qué, puesto que había pasado sola sin obstáculos a la vista. Los cuatro policías pasaron corriendo sacándome del enfrascamiento. Aquella persona yacía sin moverse sobre el asfalto frente a Atocha, atendida por los agentes y otras personas. Me encontré inmóvil frente a la escena a unos cuantos metros de esta, absurdamente paralizada, pensando como una enfermera de urgencias no estaba allí colaborando en lo que hiciera falta. Me sentía mal. Aquella persona que hacía un momento transitaba por la calle a lomos de su moto no se movía en absoluto y mientras yo hubiera tenido que contactar con mis colegas sólo podía esperar a que apareciera la ambulancia. En realidad sólo habían pasado unos minutos, y la sonrisa amable del conductor que venía a buscarme me hizo regresar al mundo real.

Aquella noche, ya en el hotel del norte-norte de Madrid, me dieron las tantas. No había juerga de por medio, al día siguiente se celebraban unas jornadas y la gente descansaba para estar fresca. Seguía en aquella escena presenciada un par de horas antes, con una extraña sensación, molesta, afligida. Definitivamente me quedé dormida considerando que aquel compendio de emociones era una memez por mí parte. Soy algo taxativa.

A la mañana siguiente amanecí temprano, antes que el sol. Tras desayunar y saludar a algunos de los asistentes a la jornada salí a la calle, algo contrariada. Lo cierto es que a la derecha tenía lo que parecía un polígono y sin mucho afán anduve por la acera para distraerme y otear el terreno. No saqué demasiada información y volví sobre mis pasos frente a la entrada del hotel, con la única compañía de una grulla graznando encaramada a una valla con un gato callejero a sus pies, interesado en algún olor. De fondo las cuatro torres. Aquello bien merecía una foto, pensé, como estímulo matutino. Sabía bien que en cuanto tuviera el smart a punto aquella grulla se habría esfumado, cosa que por supuesto sucedió así.

Finalmente me decidí a entrar en la sala donde se iba a celebrar la jornada, reconociendo inmediatamente a algunos compañeros de los que sigo por Twitter, saludando a los que ya conocía en persona. Sin acabar de librarme de aquella sensación que venía marcando mi agenda interna desde que había puesto los pies en la capital, convencí a una conocida para tomar un cortadito rápido, poniéndola en un apuro por la inminencia del arranque del evento.

La jornada fue soberbia. De no ser por mí mala costumbre de estar pendiente de los asuntos más surrealistas podría hacer una crónica en condiciones del asunto. Pero a estas alturas si alguien se molesta en leer lo que cuelgo aquí huelga decir que no va a ser el caso. Aun así, reconocer y agradecer la organización, asistencia, participación y difusión del evento. Hay enfermeras que se dejan los cuernos en tratar de romper con la hegemonía que satura la zona de confort. Son muy grandes estos de Acción Enfermera.

Sin embargo puedo afirmar con tranquilidad que dicho evento generó tanto intercambio de palabra como de emociones. Fue humanizador en el sentido más apreciado por esta particular.

El calor en enero. Que sea domingo, que estés en el norte-norte de Madrid a pleno sol oyendo pajarillos en vez de coches, invitaba a este ser a elucubrar sin atisbo de cese. Como había ocasión de compartir las peroratas me temo que eso hice.

Ya de vuelta al páramo me dispongo a celebrar mí día con muchas tareas a desarrollar en este año, pero hoy sólo celebro tener la oportunidad de estar en er mundo a mí manera. Gracias

 

 

Furrufalla

 

Sucede que a veces quiero venir aquí a contar no sé qué, pero soy incapaz de juntar letras, con la concentración en otro lugar, lejano. Había cambiado el año y seguía sin terminar el anterior, asuntos varios me impedían tan siquiera considerar las fechas para otra cosa que no fuera esperar la resolución de trámites, consultas y demás.

No sé qué clase de enfermera soy, supongo que de esas que intentan hacer bien su trabajo, con revisión nocturna de lo que me ha parecido mejorable en mí práctica; también tienen cabida las situaciones que he vivido o presenciado. Para bien y para mal soy bastante elástica en mis juicios internos, así que tengo material para rato. Lo que sí sé es qué tipo de acompañante soy, en especial si en la sala de espera suenan villancicos.

El caso es que a pesar de estar pendiente de varios asuntos de diferente envergadura, la vida sigue, el trabajo también, los tuits, los chats, aunque te sabe distinto, las prioridades cambian, se recolocan en una pirámide imaginaria de arena, como una duna geométrica y aritmética.

La ventaja de trabajar en un servicio tan concurrido es que no te da para más que para ir coordinando acciones que ayuden a fluir, – consiguiendo instantáneamente olvidarte de todo lo demás -, extremando los sentidos para no liarla. Ese es el método que empleo sucintamente como enfermera en urgencias. Y lo que no es la base de mí práctica adaptada a las circunstancias es el resto, es decir, cuidar. Las palabras que se usan, el tono, la expresión, incluso la energía que se pone en hacer, puede ser un verdadero cubo rubik, con múltiples alternativas que enlentecen todavía más cualquier proceso. La persona que llega espera ser acogida en general. A veces me veo un poco animadora, también.

Estamos en temporada súper-alta, con gente por todas partes y casi a todas horas. Cuando el servicio se llena, la tensión se palpa. La sensación de no avanzar es dura, pero difícilmente puedes ceder a ella. Si la cosa no tira por un lado, me ocupo de otra, me busco la vida, miro, pregunto, escucho. A veces parece que estemos en una cadena de montaje, vía, analítica, ecg, analgesia, placa…De un box al otro volando cuando se va con ritmo, preferible aunque sea agotador, porqué lo qué se hace se le hace a alguien que no se encuentra fino, o muy mal, y es imposible no verlo. Y esa combinación actuando de “tengo que hacer” y “cómo le va” no es una rutina, cambia constantemente.

Como cantaba Prince, don’t patronize me…ni a la sanidad pública tampoco.

Furrufalla: borrufalla – (coloquial de Huesca) hojarasca, fruslería, cosa de poca sustancia. DRAE.

Anomalía

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María tiene 69 años. Ha acudido a hacerse unas pruebas de imagen – mamografía y ecografía – como viene siendo habitual en ella desde hace más de veinte años. En esta ocasión visita un nuevo centro de diagnóstico por imagen, al haber cambiado de ciudad.

Le hacen las mamografías, no puede evitar fijarse en que no le aprieta demasiado la máquina, piensa que debe haber avanzado la tecnología y de ahí la falta de presión sobre sus mamas. El caso es que ella tiene un tejido mamario denso.

Cuando el radiólogo le realiza la ecografía, estando ella tumbada casi a oscuras, le hace preguntas acerca de su historial. A ella le sorprende que lo haga, ya que en todos esos años de revisiones, los médicos, al explorarla concienzudamente apenas le hablaban.

El médico al que no ve la cara sigue preguntando e incluso repreguntando. María empieza a sentirse incómoda, al tener que responder lo mismo, tumbada sobre la camilla sin ver a su “interlocutor”. Si la han operado, si ha dado el pecho, si ha notado algo…

Oye la palabra anomalía. El 3D muestra una anomalía en su mama izquierda. Como María sabe que tiene calcificaciones, cree que se refiere a eso. Después el médico le habla de quirófano, “de algo de un arpón”…Porqué se ve una anomalía. La paciente ya no entiende nada. Se siente en inferioridad de condiciones, reflexiona.

Le dice que hay que repetir las mamografías. Eso le sorprende todavía más, nunca le había sucedido antes. Se siente tensa, casi angustiada.

O quirófano ” que ya sabía que me íba a decir que no”, ¿cómo podía saberlo? o revisiones más a menudo. María sale de la consulta mal, nerviosa, incrédula con lo sucedido. Pregunta en recepción cuándo tiene que regresar, le responden que ellos no hacen seguimientos.

Así, se va hacia casa estresada, intentando entender lo que ha vivido. Los mareos por la tensión acumulada en esa consulta, sin ver la cara en ningún momento a quien le habla de quirófano sin explicarle en qué consiste que haya visto una anomalía, le duran más de una semana.

María decide visitar a otro radiólogo que ya conocía, aunque en otra ciudad en la que antes residía. Su meticulosidad y claridad le convencen, porqué sale de la consulta tranquila. Conocedora de la situación y de las alternativas.

Consigue por fin entender que la anomalía es algo distinto a lo observado hasta ahora, pero que no tiene porqué preocuparse por el momento, sino hacerse otra revisión en seis meses. Ese criterio coincide con el de su ginecóloga.

La 3D era ella, me digo, mientras me narra esta “anomalía”, quizás en la imagen, sin lugar a dudas en el proceder.

Larga y gozosa vida, María, siga cuidándose así de bien.

Nota: Esta entrada está basada por completo en hechos reales, tal como me los contó María.

 

Noviembre

 

“Because you left: Lost”

Tener un título que más bien parece la sinopsis de aquel relato que no escribo, principio y final. “Como en Lost”. Y ahí sigues, con el maldito título que no inspira historia alguna digna de contar, porqué él mismo lo contiene todo. Lo habré convertido en un mantra, un poco con sorna, también con cierto cariño, algo de verdad en él habrá.

Tuve la revelación en Nápoles, mirando por la ventana desde la habitación del hotel con vistas, en Garibaldi. Como no podía ser de otro modo, abrumada y fascinada por la costa del sur de Italia, presidida por el volcán, hubo entrada en este blog, que desapareció, inevitablemente, por mi falta de pericia con el editor versión smart. A pesar de perder entradas, incluso blogs, las historias que cuento por aquí se me quedan bastante, en una extraña danza entre lo real-virtual-deleted propio de esas mentes algo obsesivas con las letras y creo, los párrafos. En realidad son cosas del método, de alguno.

Pero no me quiero alejar tanto de noviembre. Para poder volver a ahora, tengo que recorrer parte del campo de Soria en mi coche en uno de esos días plenos, de verano todavía radiante, entre gasolineras de pequeños pueblos a pie de la nacional. A falta de tradiciones, una recurre al cánon. Las escapadas imprevistas sin previo aviso son marca personal, algo había que aportar.

Me podría arrepentir de ciertos errores crasos, enormes, pero entonces eliminaría los efectos duraderos del placer que se siente cometiéndolos. Nota mental

Desde el páramo, con la pell fina, noviembre, que siempre me ha parecido un mes pelín anodino, ha barrido a golpe de cerrojo de celda a un apabullante octubre.

Retomo la actividad del blog, como de costumbre sin saber muy bien por qué. Soy única promocionando este espacio, lo sé, eso también es marca personal.

 

Silencio que enmudece

Esta entrada debería haberse titulado Santander-Llanes-Madrid, aludiendo a mis visitas a principios de julio que tanto me gustaron y de las que tanto he aprendido, hasta el punto de dejarme callada a la espera de reencontrar el propósito de contar algo.

En los tiempos de la inteligencia emocional, que por mucho que insistan algunos lleva tiempo inventada, en mi barrio le llaman tener sentido común, raro es el día en el que un ciudadano medio no tiene que sortear decenas de mensajes, especialmente en las redes sociales, pero también en cualquier rincón del planeta, recomendándole, cuando no aconsejándole o incluso conminándole a ser positivo, asertivo, feliz.

A mí me parece todo muy bien. De verdad, en general. Quién soy yo para negarle a alguien la posibilidad de generar su propia narrativa vital a golpe de quotes. Bastante duro es levantarse cada día pensando en lo que a cada uno le espera cuando no se siente para hacer más que respirar y poco más. Por favor, qué deprimente. Qué real.

No he entendido nunca, y quizás debería plantearme si ya en la mediana edad como me encuentro he aprendido algo, que insistamos ad infinitum ( ad nauseam ) en responder rápidamente que “no pasa nada”, cuando resulta que por dentro estamos al borde de la rotura. Como ya comenté en un extinto blog de mi autoría, “Elogio de tu tristeza”, a veces quién más sonríe es el que está más triste. Y es el más valiente. Por no preocupar a los que le quieren, por no dar problemas, por no admitir que puede estar jodido como todo el mundo. Cómo explicar que me vuelvo normal al bajarme de cada escenario.

Como un cristo con dos pistolas. Eso pensaba al recordar a alguien a quién admiro tan discretamente como me permite mi inalterable entusiasmo a pesar de todo. Cómo harás para manejarte entre tanta gente que no te interesa, qué esfuerzo monumental fuera del entendimiento no invertirás cada día en, mientras piensas que eres de otro planeta, sonreir inefable a todo aquel que te mire. Cuánto dolor, estimado personaje que habitas un sueño de gloria y bendiciones.

Y me alejo montada en mí coche utilitario a punto de cumplir 11 años de rodaje, cómo me gusta conducir, habrá algo mejor para las almas inquietas que rodar por caminos en busca de contemplar el viaje como aprendizaje, sin objetivos definidos.

Te veo contemplando el horizonte allí dónde se junta lo humano y lo divino, que en tu caso es lo mismo, porqué la gracia aparece en las criaturas salvajes que escuchan al mar, que miran con ojos tiernos la vulnerabilidad ajena, y la arropan.

Debo contener el llanto cuando imagino la vida de algunas personas encomiables, luchando por que nadie les pregunte realmente cómo están, porqué temen defraudar a los suyos, porqué no está el horno para bollos, porqué si sueltan lastre no se levantarían de la cama, y no tienen depresión, lo suyo es soportar.

A veces a uno le cae encima la miseria de ser el faro de muchas vidas, cuando sólo quiere darse la vuelta y suspirar.

No puedo escribir una crónica de un viaje como hubiera querido, porqué algunas personas que me he encontrado no me dejan elucubrar. No tengo palabras para abrazar vuestro descontento, no quiero encontrarlas. Sólo os recuerdo tan lejos-tan cerca.

Nadie vive de frases, ni de momentos.

Compañeros de viaje, aquí podéis claudicar, no pasa nada, mañana seguiréis en la carretera con más gasolina, pero parad un ratito, escuchad lo qué os tenéis que contar.

No necesitamos gurús, ni buenas palabras. No somos dioses, no somos desastrosos que tengan que demostrar permanentemente. Tu, yo, todos, personas sin más.

 

 

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